EL ARTE DE MANTENERSE SIEMPRE
SUBIENDO LA MONTAÑA

Benjamín Valdivia

             En La Montaña de la Vida, René Méndez comparte con nosotros la revisión y evaluación de una trayectoria ascendente en eso que acostumbramos llamar la vida. Por su experiencia como alpinista, su inmersión en el abigarrado universo empresarial y su disposición reflexiva hacia las ciencias y las religiones, ha encontrado que todo converge para impulsarnos en esta aventura de existir.

            Los apoyos que utiliza para transmitirnos su mensaje tocan aspectos fundamentales del mundo contemporáneo, tales como la tolerancia y la ecología, la racionalización de los recursos naturales y de población, el equilibrio entre materia y espíritu, la persecución de la felicidad, y la relación entre razón y fe en un mundo que exige constantemente nuestro esfuerzo y nuestras decisiones entre las posibilidades reales de acción y los valores que nos mueven dentro de esas posibilidades.

            Una premisa de todo el viaje que aquí se nos plantea es que la aventura inicia en la mente: lo que pensamos determina el rumbo que ha de seguir nuestro destino. Aunque, en contraparte, no basta con tener clara la idea de lo que habremos de hacer con nuestro vivir, sino que hay que vivirlo. Porque si bien la aventura comienza al pensarla, ésta no concluye sino hasta que la hemos experimentado y conquistado con todo lo que somos.

            Y ¿qué es lo que somos?, tiempo inexplorado. Según el filósofo Martin Heidegger, el tiempo es la sustancia del ser; o, más poéticamente, según Shakespeare, estamos hechos de la misma sustancia que los sueños. Ese tiempo o ese sueño que forma la existencia de cada cual es siempre un ámbito sin explorar, eso que está por descubrirse, lo próximo. Si bien nuestro futuro contiene su dosis personal de incertidumbre, también es cierto que nuestras vivencias de ahora ponen su parte como causas de aquello que habremos de experimentar en nuestro tiempo por venir, en nuestro sucesivo ser. De allí que cada día se convierta en lo inexplorado, en un secreto por descubrir, una nueva ruta que encontrar hacia la cima de nuestros propósitos.

            En este libro queda claro que la vida es un subir a una montaña, un esfuerzo de elevación en el que jamás vamos a solas, pues nos ata un sistema de amarras compartido con los compañeros de aventura: todos subimos o todos caemos. Vivir es una responsabilidad colectiva desde ópticas individuales: somos especiales dentro de la especie. En esas cuerdas y lazos de familia, de amistad, de trabajo, de aspiraciones, tenemos la seguridad que proporcionan los otros, a la vez que la dificultad de sufrir el jalón intenso de sus caídas o resbalamientos. Vivir es ponerse en peligro de muerte; es decir, al fin estaremos de frente a la realidad de morir, cuando ya no podamos subir más, cuando las tormentas y ventiscas nos derroten, cuando se devuelva al mar de la energía todo nuestro equipamiento para escalar: el cuerpo y los ideales. Al igual que en la montaña, en la vida estamos ante la cima, siempre con el abismo a los pies.

            Desde Periplo de Hannón el cartaginés (que es el primer relato de exploraciones conservado en Occidente y con el cual inicia Julio Verne su Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros) hasta el momento en que el amable lector recorre con sus sentidos estas líneas, todos los siglos humanos han sido la relación de una marcha que parece inagotable. No nos basta estar aquí, queremos estar en otros lados, mirarlo todo, visitar hasta lo inalcanzable.

            René Méndez ha escrito las páginas que siguen a estas palabras con el objetivo de atraer al lector a que enfrente sus potencialidades, a, como dice, invitar al lector “a desafiar el vacío, escalando con entusiasmo y dedicación la montaña más hermosa y difícil de todas: la montaña de la vida”. Y quién mejor para hacerlo que alguien que ha ido, desde el ambiente mexicano, desde la propia ciudad de México, hasta los Himalayas, hasta ese punto donde, nos dice, “termina el planeta y comienza el resto del universo”. En ese sentido, se trata de un libro autobiográfico, enfundado en la crónica de la cultura popular y el progreso de los medios de telecomunicación, y está escrito con una encomiable sinceridad y sencillez, situado sobre la vida cotidiana: la familia, la escuela, la casa, el gato, una vértebra de más y el acné juvenil, el abuelo minero, la maestra y el entrenador, el transporte colectivo en la metrópolis y otros elementos que llevan a leerlo como una historia cercana que evoca nuestras propias experiencias en ocasiones similares a las que nos comenta el autor.

            Hay que señalar que entre esas cosas de todos los días se presentan múltiples y numerosas citas provenientes de autores muy diversos, siendo por sí misma esa colección de citas una miscelánea para provocar una reflexión o una sorpresa en el sitio más insospechado del libro, pues igualmente se toman las frases de los ídolos del rock que de los maestros orientales Krishnamurti o Sivananda. Y su aparición llega hasta el extremo de hacer seguir a una frase de Richard Bach una sentencia de Confucio, o colocar a Walt Disney junto a Marco Aurelio, el emperador filósofo.

            Las etapas básicas del ascenso tienen que ver, en primera instancia, con aquellos que nos rodean. Por eso el libro se detiene inicialmente en señalar la importancia de que alguien nos de solaz e impulso para enfrentar los momentos cruciales, alguien que nos haga saber que cree en nosotros y que somos dignos de una confianza que nos hace crecer. Así es como se vincula la vida con cosas aparentemente de juego: el piano, el ajedrez, los muñecos que representan figuras heroicas. Parecen divertimentos, pero son claves fundamentales para todo el mundo que nos corresponderá recorrer. En el caso particular de este libro, se anotan, además, las primeras exploraciones en lo que Dios ha dispuesto para ser encontrado: la naturaleza, el amor, las metas inmediatas, puesto que tomar un primer riesgo —como entrar a competir en una carrera atlética inesperada— puede hacer toda la diferencia para un futuro que será ya diferente a partir de entonces.

            Tras esa etapa en que los demás nos arropan e impulsan, ha de mostrarse otra: aquella en que nosotros mismos nos impulsamos y nos animamos. A la exploración del planeta material le añadimos la del universo interior. Es entonces que el protagonista se replantea su relación con la Biblia, con la Teoría de la relatividad de Einstein, se pregunta por el problema del tiempo, tanto del tiempo físico como del tiempo práctico en una carrera con metros determinados por cumplir. ¿Acaso es otra cosa la existencia que una carrera hacia el final? ¿Y acaso no buscamos otra cosa en la vida que romper nuestras mejores marcas?

            Una vez que tomamos la medida de nuestras capacidades, mediante el apoyo de los demás y por el esfuerzo propio, nos aventuramos a buscar en lo escondido. La frase bíblica es contundente: Vero tu es Deus absconditus: En verdad eres un Dios escondido. se nos revela, en ese momento, la maravilla de la creación. Y vamos a explorar los terrenos recónditos, los libros que todavía nos eran desconocidos, los días que nos faltan por vivir. En esa búsqueda de lo nuevo y lo mejor, de lo más alto y de lo más distante o lo más oculto, sabemos que contamos con la seguridad de ser libres, pero también contamos con el riesgo de serlo.

            Al asumir nuestra libertad, que es potencia a la vez que riesgo, estamos en la misma situación que el atleta que nos confiesa sus sensaciones de vértigo y de fisiología producidas por la emoción de la carrera ya próxima; y por saberse otra vez libre, otra vez en la posibilidad de ganar o perder. Reconocemos que el ganar depende de nosotros; y que podemos perder, dependiendo del esfuerzo y la capacidad de los otros. Mas, como sucede, llega el día en que viene la pequeña falla física, la imposibilidad corpórea para seguir más allá. Y aunque no podamos continuar adelante en la misma actividad, aun así podemos llenar el vacío, abrirnos a lo inesperado que allí nos esperaba. La dificultad templa el ánimo y nos obliga a mirar cómo funciona nuestro cuerpo, nuestra vitalidad, la emoción, el pensamiento o el anhelo de trascendencia. Enfrentar la adversidad nos obliga a ser mejores. Aquí la pregunta sería por qué no nos decidimos a ser mejores sin esperar la adversidad.

            Para avanzar hacia la meta, hacia la cima de la montaña de la vida, la concentración resulta infaltable, esa concentración en la meta que es, nos dice el autor, “una pequeña ventana en la frente donde se encontraba la línea final”. No importa, a fin de cuentas, si nuestro logro es reconocido o no; el reconocimiento al esfuerzo es haber podido realizarlo. El filósofo chino Lao-Tse afirmaba lo siguiente al respecto: “El trabajo se hace y después se olvida; por eso dura para siempre”. Cuando todo se diluye en la eternidad cuántica, nos damos cuenta de que el universo no muere, a pesar de que los individuos desaparezcan.

            En el ascenso, no hay ruta fácil: hay que enfrentarse a la depredación del tiempo y del mundo social sobre nuestro cuerpo y nuestros ideales. En el mundo social del capitalismo se da cruentamente el choque de los ideales y los intereses; tarde o temprano llega el descubrimiento de la contradicción y oposición entre los valores inculcados y los actos vividos en la política y en la economía. Hay una proliferación de necesidades innecesarias y la terrible discriminación de sexo, credo, origen étnico o situación social y económica. René Méndez expone su visión de la sociedad de consumo como el consumo del mundo, pues la naturaleza es utilizada por el capitalismo salvaje para fines de utilidad inmediata. Es como una falsa montaña, en la que se mide el éxito también por el escalar, pero por el escalar en la jerarquía de la empresa o de la institución, no por hacer más elevada la vida. Un papel importante en eso lo desempeña la educación, apuntada certeramente como una “fábrica de perdedores”, porque, en cierto sentido, la educación escolar es la repetición de lo anacrónico. El escritor Mark Twain solía decir, no sin cierto humor irónico, que no debemos permitir que la escuela interfiera en la educación de nuestros hijos.

            La educación de la vida jamás concluye; y no ofrece títulos. El proceso de reaprendizaje y el drama de escalar y sobrevivir son llevados, en este punto, junto con los detalles de la aproximación a la cima. La experiencia se convierte en aprendizaje: la vida es la educación real y efectiva que vamos recibiendo. En ella, debemos mantener los ideales, pero, ante todo, debemos poner los talentos en actividad. Y conocer nuevos mundos, abrirse a nuevas ideas, atisbar nuevas visiones de lo sagrado. René Méndez combina el viaje hacia los Himalayas con el viaje interior para reconocer los horizontes que le reserva el mundo.

            Los secretos que se confían al final de la jornada tienen como eje aceptarse a sí mismo: nadie es nosotros, nadie ha sido nosotros, nadie será nosotros. Obligados a nuestra propia identidad, no podemos renunciar a vivir lo que vivimos. Así, la vivencia es un viaje significativo por nosotros mismos. Aquí se trata de un libro de viajes: el de la montaña y el de la vida. Al final, lo que siempre estamos ascendiendo, entre riscos, tormentas y paisajes increíbles y espirituales, es la Montaña de la Vida. Subimos, para luego volver a asimilar la experiencia obtenida, la quintaesencia de lo realizado. El protagonista ha llegado al techo del mundo; y luego regresará a la tierra. El poeta y dramaturgo Archibald MacLeish dice que el hombre se esfuerza y construye una nave y viaja a la Luna para cumplir sus anhelos; pero que, cuando está en la Luna, activa su nave para volver a la Tierra, porque ahora están allá, en la Tierra de la que se alejó, sus nuevos anhelos.

            Si me pidieran un resumen de una sola frase para todo lo que encuentro en este viaje, a pesar de ser siempre difícil resumir sin perder la riqueza del contenido, yo diría lo siguiente, con lo que concluyo: “conoce la montaña; conócete a ti mismo; hazlo”.

 

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